Había una vez, en un lejano y umbrío bosque, una fuente de piedra gris de la que brotaba un hilo de agua tan puro y cristalino que las gentes la llamaban «la fuente de la verdad».
Un día de verano, un niño risueño y de mejillas sonrosadas llegó corriendo hasta el lugar. Fatigado por los juegos, se arrodilló sobre el musgo fresco y se inclinó para beber con el cuenco de sus manos. Al mirar el fondo de la fuente, vio reflejado su rostro infantil; pero justo a su lado, en el agua, apareció el reflejo de una anciana encorvada, de cabellos blancos como la nieve y rostro surcado por profundas arrugas. El niño, asustado, se volvió rápidamente para mirar a su alrededor, pero allí no había nadie. Estaba completamente solo. Extrañado y con el corazón palpitante, regresó a su pueblo.
Pasaron los años, las hojas de los otoños cayeron y el niño se convirtió en un hombre joven, recio y audaz. Un buen día, el destino lo llevó de nuevo por el sendero del bosque y sintió la misma sed de su infancia. Se acercó a la vieja fuente de piedra y volvió a inclinarse sobre el agua. Al mirar el fondo, su sorpresa fue mayúscula: la anciana seguía allí, reflejada en el fondo. Sin embargo, su rostro ya no se veía tan viejo. Sus arrugas se habían suavizado notablemente y sus ojos cansados brillaban ahora con una chispa de juventud, mientras que las facciones del propio muchacho reflejaban ya la madurez de la vida. El joven bebió en silencio, pensativo ante aquel misterio.
Volvieron a pasar las décadas. El joven se hizo hombre, formó una familia y, finalmente, el tiempo encaneció sus cabellos y debilitó sus piernas. Siendo ya un anciano venerable, volvió a caminar con paso lento por el sendero del bosque, apoyado en su bastón. Sintió la necesidad de despedirse de la fuente de su niñez.
Al llegar, se arrodilló con dificultad y miró el agua por última vez. En el fondo de la fuente cristalina vio, una vez más, el rostro de la anciana. Pero esta vez, al mirarla fijamente, el anciano sonrió con una profunda paz: las arrugas de la mujer y las suyas eran las mismas; sus cabellos blancos eran idénticos y sus miradas compartían la misma sabiduría del camino recorrido. Ambos rostros se parecían tanto que parecían uno solo.
Fue en ese instante cuando el anciano comprendió el gran misterio de la fuente. Aquella anciana no era un alma en pena ni un hada del bosque: era su propia vejez que lo había estado esperando desde el principio de su vida. Cuando era niño, su vejez estaba muy lejana y por eso la veía tan anciana; conforme él cumplía años y envejecía, su vejez se iba acercando a él, «rejuveneciendo» ante sus ojos, hasta que al final de la jornada, el niño de antaño y la anciana del agua se fundieron en el mismo y único reflejo del tiempo.
Este cuento era muy sencillo y corto. Yo lo he alargado un poco añadiendo algunas descripciones.
El autor del cuento impreso, que leí en la escuela, es anónimo, ya que se publicó durante la década de 1950 directamente bajo el sello y la firma de Saturnino Calleja (o de sus hijos, quienes continuaron expandiendo el catálogo de la Editorial Calleja en las décadas posteriores).
La inmensa mayoría de estos relatos escolares de bolsillo no llevaban el nombre de un escritor individual.








