La película “La bola negra” está beneficiándose de una gran promoción, lo que ha conseguido que mucha gente acuda a verla. Mi esposa y yo también hemos picado.
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La película “La bola negra” está beneficiándose de una gran promoción, lo que ha conseguido que mucha gente acuda a verla. Mi esposa y yo también hemos picado.
Foto de Diario.es
y en el Parlamento tocan palmas
ignoran que desde tiempo remoto
al que hace daño les llega el Karma
Aun sabiendo que a Maricarmen hieren
riendo la insultan, difaman y ofenden
y con ello ganar votos pretenden
demostrar ser buenos cristianos quieren.
No es bajo la protección del Papa,
adorado cual Dios en Las Cibeles
que evitaréis del Cristo la Palabra:
«El
que a hierro mata, a hierro muere»
© Juan Pan García, 9 de septiembre de 2026
Acabo de
recibir una llamada por Wassap de mi amigo Feliciano Gisbert, reportero
acreditado en la ONU por el semanario francés “Le canard faché” comentando la
grabación de la conversación entre la presidenta de Venezuela y Pedro Sánchez.
Feliciano,
experto en lectura de labios, comparte conmigo la traducción del citado diálogo
entre colegas:
Delcy
Rodriguez:
—Mira, Pedrito, he encargado envíen en
tu nombre un paquete de regalo para su majestad, el Rey de España.
— ¿Felipe VI?
— Bueno, sí, ese mismo, no recordaba
su nombre.
—¿Y para qué le voy a regalar yo nada
si él no me aprecia?
— Justamente por eso. Él valorará
positivamente tu gesto de amistad.
—Vale, pero no quiero tener problemas.
Pedro Sánchez continuaba anoche en
Nueva York realizando entrevistas cuando el paquete entraba en la Zarzuela. El
jefe de la Casa Real, extrañado al leer el nombre del remitente, ordené abrir el
paquete:
Un colorido loro, del tamaño que una paloma, apareció en una dorada
jaula, estiró sus alas para desentumecer los músculos y comenzó a cantar:
— ¡Viva la república! Están invadiendo
Ceuta y el rey no hace nada.
Todos los presentes dieron un paso
atrás desenfundando sus pistolas. Pero un asesor esclamó:
—¡Alto! No le matemos, nos pueden condenar por la Ley de Bienestar Animal.
—¡Pues encerradlo con las gallinas y
los gallos, y que ellos cabane con él! — ordenó el jefe.
Y eso hicieron.
Llevaba el loro apenas una hora en
la nave de las gallinas cuando un precioso y colorido gallo se acercó por detrás al venezolano y le
puso la pata encima del lomo.
El loro dio un respingo, se apartó un metro del gallo y exclamó
levantando su ala izquierda:
—¡ALTO AHI, NI UN PASO MÁS; YO SOY UN
PRESO POLÍTICO, NO UN MARICÓN!
Estaba yo comentando con Feliciano si iba a publicar en prensa el artículo, cuando he
escuchado un ruido raro y uno forcejeo. La línea se cortó. Yo no me fio de la
policía de Trump. ¿Tendrán mis datos? A ver por qué este idiota me ha llamado
por Wassap cuando sabe que las redes sociales son estadounidenses. ¡La madre
que lo parió!

Marcel y Jeannine, dueños de una tienda de televisores y
consolas de música. Corría el año 1967 cuando la conocí en
un concierto de Jacques Brel, celebrado en la sala Olympia
de París. Otro día fuimos juntos al Palais des Sports para ver
al Coro de cantos y danzas del Ejército Rojo, que estaba de
gira por
Europa.
Sus padres no me querían, yo era solo un obrero, y además,
español; poca cosa para su hija. Solo podíamos vernos a
escondidas. Ellos vivían en la primera planta de una casa
señorial de la Place Pigalle, cerca del cabaret Moulín Rouge.
Un día acordamos abandonar la ciudad y huir lejos, muy
lejos, donde nadie pudiese hallarnos. La ocasión se presentó
una noche en que el padre de mi amada le anunció que esa
noche había invitado a su madre a cenar fuera y después a
ver “El amor brujo” en el teatro Chatelet.
Ella me llamó a la empresa por teléfono y quedamos en
coger la linea 14 del metro Saint Denis-Pleyel a Orly y
encontrarnos en la salida del metro del aeropuerto de Orly.
Así lo hicimos, y tres horas más tarde circulábamos en taxi
por Londres. El resto de la noche la pasamos compartiendo
cariño.
Al día siguiente, intuyendo que la policía averiguaría dónde
habíamos sacado los billetes y sellado los pasaportes, nos
montamos en el primer autocar que salía de la estación en
cuya cabecera anunciaba el destino: Stonehenge.
El viaje duró noventa minutos y nos dejó en una explanada
llena de turistas, que fotografiaban el extraño monumento
construido cinco mil años antes. Nos quedamos pasmados al
conocer por el guía del grupo la historia de aquellas enormes
piedras.
Terminada la visita la gente subió de nuevo al autocar, pero
nosotros nos quedamos ocultos entre los numerosos turistas
que habían llegado en otras expediciones. Luego caminamos
hasta un restaurante cercano que habíamos visto desde el
autocar en la carretera y desayunamos fuerte, como hacen
los ingleses. Nos gustaba el lugar, todo verde y llano.
Seguimos caminando hasta un pequeño pueblo y pasamos
allí el día mirando tiendas, edificios principales, y jardines
públicos.
Nos enteramos de
que un día al año el sol atravesaba uno de los arcos del monumento, y que
aquello tenía un significado muy importante para los antiguos pobladores de la
zona. Sin pensarlo demasiado —no teníamos dinero para el hotel carísimo que nos
habían recomendado en el restaurante— decidimos volver al monumento y quedarnos
allí para presenciar el espectáculo.
Fue un atardecer
maravilloso. Los bloques oscuros se recortaban, orgullosos, contra un horizonte
de fuego que pintaba el cielo de tonos rojizos. Sentados en la hierba, mi
espalda apoyada en una columna y ella recostada en mi regazo, contemplábamos el
milagro de la naturaleza. Después, embriagados de cariño, hicimos el amor hasta
que, vencidos, nos quedamos dormidos.
La luz del
amanecer empezó a difuminar lentamente la negrura de la noche, resaltando a
contraluz los pilares erguidos y los dinteles de granito. ¡Y entonces ocurrió!
Desde donde estábamos vimos un rayo de sol
atravesar un dintel, algo que solo sucede un día al año, y que no estaba
previsto que ocurriera aquel día, porque de ser así la explanada estaría llena
de turistas haciendo fotos. Al parecer, los dioses que custodian ese lugar se
apiadaron de nosotros y nos concedieron el milagro.
Pero la felicidad
del pobre nunca dura demasiado, y yo no iba a ser la excepción: justo cuando
preparaba mi Canon, sonó el despertador.
¡La madre que me
parió!
¡Todo había sido un sueño, maldita sea!, exclamé
decepcionado.
Entonces vi mi cámara de fotos en la mesita de noche, una
lucecita parpadeaba: estaba conectada y presta a disparar.
¡Las fotos estaban allí!
©Juan Pan García.
“Falta química entre ustedes para que surja la atracción y el amor”, me dijo un ángel en sueños.
Y entré furtivamente en un laboratorio y me bebí todos los brebajes que guardaban en los tarros.
Ahora soy más fuerte, más activo, más inteligente, más... viejo, más adicto al sexo. Pero a ella... ¡No he podido amarla!
De hecho, no he podido amar a ninguna, ¡putos tarros de pócimas! Follo menos que los leones de Las Cortes.
Juan Pan García. 6/8/26
Ante la inesperada y escandalosa invasion de Ceuta por miles de marroquíes, problema que se ha solucionado sin derramamiento de sangre, Finlandia se une a los 21 países liderados por Italia, que exigen la salida de España del espacio Schengen.
¡Precisamente Finlandia!
El Presidente del Gobierno asistió el 7 de julio pasado a la Cumbre de la OTAN. donde se pedía un esfuerzo a los países miembros para enviar a Finlandia tropas y equipos para defender a los países bálticos de un posible ataque o invasión. España, a pesar de las destrucción causada por los incendios e inundaciones, que habrá que reconstruir, firmó el acuerdo y enviará un contigente militar a Finlandia.
Para defender Ceuta y Melilla, que son la Frontera Sur de la Unión Europea y de la OTAN, nadie acude en ayuda de España enviando tropas ni navíos, al contrario: la amenazan con echarla de sus organizaciones, cumpliendo el deseo de Donald Trump y de sus discípulos españoles y demás europeos.
Cuando despertaremos y nos daremos cuenta de que un lobo no puede ser nombrado guardian de ovejas.
Juan Pan García 3/8/26
Nos hallábamos en la primera planta de la sede del Partido Comunista, en la calle Larga , número 50 de El Puerto de Santa María.
El Colectivo Cultural Rafael Alberti, del cual yo era el Presidente, era un pomposo nombre para un grupo que sólo se componía de seis o siete socios, los mismos que estábamos reunidos aquella tarde, todos sindicalistas y afiliados a Izquierda Unida.
Durante dos años, el Colectivo mantuvo correspondencia con Alberti, quien nos puso al corriente de su próxima vuelta a España. Nos dedicamos a promocionar la obra del poeta, dando charlas, trayendo a conferenciantes para hablar de diversos e interesantes temas de actualidad.
Más de una vez, hubimos de agasajar al invitado para quitarle el amargo sabor de encontrarse la sala vacía, pues, aparte de la ejecutiva del Colectivo, nadie acudía a las conferencias. Pero aunque todo eso nos costaba dinero de nuestros bolsillos no había problema: con las subvenciones que anualmente concedía el Ayuntamiento, lo recuperaríamos. Para conseguirlas, sólo necesitábamos presentar un programa anual de actividades y posteriormente las facturas derivadas del mismo.
El primer problema surgió cuando debíamos elegir a los dos miembros del Colectivo que debían viajar a recibir al insigne poeta al aeropuerto a su regreso a El Puerto al finalizar su exilio. Lo lógico era que fuese yo como Presidente, pero rápidamente se abrogaron el derecho, por su mayor antigüedad, un socio que era empleado del Ayuntamiento en el mantenimiento de parques y jardines y la secretaria del grupo, su amante.
Para ello demostraron sus amplios conocimientos de la obra de Alberti, del cual eran, al decir de ellos, sus más fieles seguidores.
Yo, la verdad, aparte de unas cuantas poesías y de lo que había leído del poeta durante la Guerra Civil en la biografía de Miguel Hernández, al cual despreciaban todos los famosos de su época, exceptuando a Neruda que creía en él y lo ayudaba, no sabía nada de Alberti.
Además, mi nombramiento como Presidente había sido accidental: debíamos elegir nuevo Presidente y Secretario y nadie se presentaba. El anterior dimitió un mes antes porque había sido elegido concejal del partido Comunista y no quería que su firma apareciera en la solicitud de las subvenciones; pero en realidad era él quien seguía dirigiendo el grupo. Y fue él quien propuso que fueran la pareja de amantes a recibir a Alberti.
— Tú ya te beneficias de las entradas gratis al teatro, a los conciertos y corridas de toros que envía el Ayuntamiento a todos los presidentes de entidades socioculturales. No quieras abarcarlo todo — me dijo.
Era cierto. Al igual que a los presidentes de todas las asociaciones culturales y vecinales, el Ayuntamiento me había enviado entradas a dos conciertos de la Orquesta Filarmónica de Sevilla, a la obra "El hombre deshabitado" de Alberti, y a dos corridas de toros. A éstas nunca fui ni permití que nadie fuera en mi lugar: rompí las entradas en el acto lo cual levantó ampollas en el grupo. Yo no podía apoyar una fiesta que detesto; animales merecen respeto.
El segundo problema llegó a la vuelta del viaje: nuestra delegada, adelantándose a su amante, recibió en nombre del Colectivo a Rafael Alberti y el poeta le obsequió con un ejemplar de La arboleda perdida, firmado y dedicado a su nombre.
Yo le dije que el libro pertenecía al Colectivo Cultural Rafael Alberti, a quien ella representaba y era el que corría con los gastos del viaje.
—Mira, compañera: si no hubiera sido porque ibas en nombre del Colectivo, el poeta Alberti no te hubiera atendido. Es lógico que el libro se quede en la biblioteca del grupo que te ha enviado y abonado el coste del viaje, ¿no te parece?
— El libro me lo ha regalado a mí, como demuestra la dedicatoria.
Y se quedó con el libro.
El tercer problema, y el último para mí como Presidente, fue la exigencia por parte del concejal y el resto del Colectivo de que yo estampase mi firma en una factura de una actividad que no habíamos realizado para poder cobrar la subvención. Me negué rotundamente, y ante la insistencia de ellos porque se acababa el plazo para reclamar ante el ayuntamiento, dimití y abandoné el colectivo.
Cuando Alberti llegó a El Puerto, tras muchos años de exilio, fue recibido y acaparado por las autoridades. Le procuraron un chalet en Las Viñas, una urbanización cercana a Valdelagrana, y fue numerosas veces galardonado, siendo el reclamo de numerosos actos del Ayuntamiento. A veces, aun agotado y sin poder tenerse en pie, le obligaban a asistir a actos oficiales, como la presentación de la Feria de Primavera.
Nunca tuvo tiempo para visitar al Colectivo que tanto tiempo le había dedicado. Fue la razón, creo yo, de que éste desapareciera.
Juan Pan García, 28 de julio de 2026.