
Marcel y Jeannine, dueños de una tienda de televisores y
consolas de música. Corría el año 1967 cuando la conocí en
un concierto de Jacques Brel, celebrado en la sala Olympia
de París. Otro día fuimos juntos al Palais des Sports para ver
al Coro de cantos y danzas del Ejército Rojo, que estaba de
gira por
Europa.
Sus padres no me querían, yo era solo un obrero, y además,
español; poca cosa para su hija. Solo podíamos vernos a
escondidas. Ellos vivían en la primera planta de una casa
señorial de la Place Pigalle, cerca del cabaret Moulín Rouge.
Un día acordamos abandonar la ciudad y huir lejos, muy
lejos, donde nadie pudiese hallarnos. La ocasión se presentó
una noche en que el padre de mi amada le anunció que esa
noche había invitado a su madre a cenar fuera y después a
ver “El amor brujo” en el teatro Chatelet.
Ella me llamó a la empresa por teléfono y quedamos en
coger la linea 14 del metro Saint Denis-Pleyel a Orly y
encontrarnos en la salida del metro del aeropuerto de Orly.
Así lo hicimos, y tres horas más tarde circulábamos en taxi
por Londres. El resto de la noche la pasamos compartiendo
cariño.
Al día siguiente, intuyendo que la policía averiguaría dónde
habíamos sacado los billetes y sellado los pasaportes, nos
montamos en el primer autocar que salía de la estación en
cuya cabecera anunciaba el destino: Stonehenge.
El viaje duró noventa minutos y nos dejó en una explanada
llena de turistas, que fotografiaban el extraño monumento
construido cinco mil años antes. Nos quedamos pasmados al
conocer por el guía del grupo la historia de aquellas enormes
piedras.
Terminada la visita la gente subió de nuevo al autocar, pero
nosotros nos quedamos ocultos entre los numerosos turistas
que habían llegado en otras expediciones. Luego caminamos
hasta un restaurante cercano que habíamos visto desde el
autocar en la carretera y desayunamos fuerte, como hacen
los ingleses. Nos gustaba el lugar, todo verde y llano.
Seguimos caminando hasta un pequeño pueblo y pasamos
allí el día mirando tiendas, edificios principales, y jardines
públicos.
Nos enteramos de
que un día al año el sol atravesaba uno de los arcos del monumento, y que
aquello tenía un significado muy importante para los antiguos pobladores de la
zona. Sin pensarlo demasiado —no teníamos dinero para el hotel carísimo que nos
habían recomendado en el restaurante— decidimos volver al monumento y quedarnos
allí para presenciar el espectáculo.
Fue un atardecer
maravilloso. Los bloques oscuros se recortaban, orgullosos, contra un horizonte
de fuego que pintaba el cielo de tonos rojizos. Sentados en la hierba, mi
espalda apoyada en una columna y ella recostada en mi regazo, contemplábamos el
milagro de la naturaleza. Después, embriagados de cariño, hicimos el amor hasta
que, vencidos, nos quedamos dormidos.
La luz del
amanecer empezó a difuminar lentamente la negrura de la noche, resaltando a
contraluz los pilares erguidos y los dinteles de granito. ¡Y entonces ocurrió!
Desde donde estábamos vimos un rayo de sol
atravesar un dintel, algo que solo sucede un día al año, y que no estaba
previsto que ocurriera aquel día, porque de ser así la explanada estaría llena
de turistas haciendo fotos. Al parecer, los dioses que custodian ese lugar se
apiadaron de nosotros y nos concedieron el milagro.
Pero la felicidad
del pobre nunca dura demasiado, y yo no iba a ser la excepción: justo cuando
preparaba mi Canon, sonó el despertador.
¡La madre que me
parió!
¡Todo había sido un sueño, maldita sea!, exclamé
decepcionado.
Entonces vi mi cámara de fotos en la mesita de noche, una
lucecita parpadeaba: estaba conectada y presta a disparar.
¡Las fotos estaban allí!
©Juan Pan García.







