El rincón de Juan Pan
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sábado, noviembre 07, 2026
POETA PERDIDO EN NUEVA YORK
miércoles, noviembre 04, 2026
¡Buenos días, amig@s!
Cuando yo
estudiaba en la Escuela de Formación Profesional nos formaban en un bloque
compacto cada mañana y cantábamos el “Cara al sol” con el brazo alzado. Al que se
despistaba y no lo levantaba, le daban una bofetada. A mí me arrearon dos en
los cuatro años que permanecí en el centro. También desfilábamos en ocasiones especiales, como el 20 de noviembre y el 1º de abril, por el centro de Málaga
cantando canciones victoriosas y de nostalgia, como la siguiente:
«TORRES
MÁS ALTAS HAN CAÍDO»
La
expresión ‘torres más altas han caído’ significa que nadie es invencible por
muy poderosa, rica, arrogante o segura de sí misma que sea. Una persona, nunca
está libre de caer, fracasar o perder su buena posición.
«Anda, ve
y dile a tu madre/si no me quiere por pobre/que el mundo da muchas vueltas/y
que ayer se cayó una torre».
Nuestro
rey emérito, la torre de nuestra democracia, cayó del poder con estruendo y ya
no se levantará por mucho que lo intente.
Y si los
reyes están por los suelos, qué no harán los políticos. También caerán.
Hoy ha
caído Donald Trump, pero no del todo. Aún falta qe se cumpla la Ley Divina: “Guarda
tu espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere”. Y Trump a asesinado a
miles de personas inocentes.
Esta mañana
temprano he cambiado la letra de una de
las canciones que cantábamos en los desfiles y campamentos del Frente de Juventudes:
YA TOCAN A REBATO
Hechos guarda su Historia,
que a muchos ha hecho llorar.
Ya tocan a rebato,
por el felón Donald Trump.
Por la extraña voz,
tras el engaño vil,
por la prisión atroz
de gente buena y gentil,
ya tocan a rebato
por el felón Donald Trump.
Sobre pueblos hispanos, erguido
como un dictador cruel
pisando está el ladrón,
pero torres más altas han caído
rendidas por el gran clamor.
Ya tocan a rebato
por Donald Trump.
©Juan Pan García,4 de noviembre de 2026
miércoles, octubre 21, 2026
LA BOLA NEGRA
La película “La bola negra” está beneficiándose de una gran promoción, lo que ha conseguido que mucha gente acuda a verla. Mi esposa y yo también hemos picado.
viernes, octubre 09, 2026
GENTE SIN ALMA
Foto de Diario.es
Hay quienes aplauden por el mal de otro
y en el Parlamento tocan palmas
ignoran que desde tiempo remoto
al que hace daño les llega el Karma
Aun sabiendo que a Maricarmen hieren
riendo la insultan, difaman y ofenden
y con ello ganar votos pretenden
demostrar ser buenos cristianos quieren.
No es bajo la protección del Papa,
adorado cual Dios en Las Cibeles
que evitaréis del Cristo la Palabra:
«El
que a hierro mata, a hierro muere»
© Juan Pan García, 9 de septiembre de 2026
domingo, septiembre 27, 2026
EL REGALO DE SÁNCHEZ AL REY
¡Buenos días, amig@s!
Acabo de
recibir una llamada por Wassap de mi amigo Feliciano Gisbert, reportero
acreditado en la ONU por el semanario francés “Le canard faché” comentando la
grabación de la conversación entre la presidenta de Venezuela y Pedro Sánchez.
Feliciano,
experto en lectura de labios, comparte conmigo la traducción del citado diálogo
entre colegas:
Delcy
Rodriguez:
—Mira, Pedrito, he encargado envíen en
tu nombre un paquete de regalo para su majestad, el Rey de España.
— ¿Felipe VI?
— Bueno, sí, ese mismo, no recordaba
su nombre.
—¿Y para qué le voy a regalar yo nada
si él no me aprecia?
— Justamente por eso. Él valorará
positivamente tu gesto de amistad.
—Vale, pero no quiero tener problemas.
Pedro Sánchez continuaba anoche en
Nueva York realizando entrevistas cuando el paquete entraba en la Zarzuela. El
jefe de la Casa Real, extrañado al leer el nombre del remitente, ordené abrir el
paquete:
Un colorido loro, del tamaño que una paloma, apareció en una dorada
jaula, estiró sus alas para desentumecer los músculos y comenzó a cantar:
— ¡Viva la república! Están invadiendo
Ceuta y el rey no hace nada.
Todos los presentes dieron un paso
atrás desenfundando sus pistolas. Pero un asesor esclamó:
—¡Alto! No le matemos, nos pueden condenar por la Ley de Bienestar Animal.
—¡Pues encerradlo con las gallinas y
los gallos, y que ellos cabane con él! — ordenó el jefe.
Y eso hicieron.
Llevaba el loro apenas una hora en
la nave de las gallinas cuando un precioso y colorido gallo se acercó por detrás al venezolano y le
puso la pata encima del lomo.
El loro dio un respingo, se apartó un metro del gallo y exclamó
levantando su ala izquierda:
—¡ALTO AHI, NI UN PASO MÁS; YO SOY UN
PRESO POLÍTICO, NO UN MARICÓN!
Estaba yo comentando con Feliciano si iba a publicar en prensa el artículo, cuando he
escuchado un ruido raro y uno forcejeo. La línea se cortó. Yo no me fio de la
policía de Trump. ¿Tendrán mis datos? A ver por qué este idiota me ha llamado
por Wassap cuando sabe que las redes sociales son estadounidenses. ¡La madre
que lo parió!
sábado, septiembre 12, 2026
El Secreto de la Fuente
Había una vez, en un lejano y umbrío bosque, una fuente de piedra gris de la que brotaba un hilo de agua tan puro y cristalino que las gentes la llamaban «la fuente de la verdad».
Un día de verano, un niño risueño y de mejillas sonrosadas llegó corriendo hasta el lugar. Fatigado por los juegos, se arrodilló sobre el musgo fresco y se inclinó para beber con el cuenco de sus manos. Al mirar el fondo de la fuente, vio reflejado su rostro infantil; pero justo a su lado, en el agua, apareció el reflejo de una anciana encorvada, de cabellos blancos como la nieve y rostro surcado por profundas arrugas. El niño, asustado, se volvió rápidamente para mirar a su alrededor, pero allí no había nadie. Estaba completamente solo. Extrañado y con el corazón palpitante, regresó a su pueblo.
Pasaron los años, las hojas de los otoños cayeron y el niño se convirtió en un hombre joven, recio y audaz. Un buen día, el destino lo llevó de nuevo por el sendero del bosque y sintió la misma sed de su infancia. Se acercó a la vieja fuente de piedra y volvió a inclinarse sobre el agua. Al mirar el fondo, su sorpresa fue mayúscula: la anciana seguía allí, reflejada en el fondo. Sin embargo, su rostro ya no se veía tan viejo. Sus arrugas se habían suavizado notablemente y sus ojos cansados brillaban ahora con una chispa de juventud, mientras que las facciones del propio muchacho reflejaban ya la madurez de la vida. El joven bebió en silencio, pensativo ante aquel misterio.
Volvieron a pasar las décadas. El joven se hizo hombre, formó una familia y, finalmente, el tiempo encaneció sus cabellos y debilitó sus piernas. Siendo ya un anciano venerable, volvió a caminar con paso lento por el sendero del bosque, apoyado en su bastón. Sintió la necesidad de despedirse de la fuente de su niñez.
Al llegar, se arrodilló con dificultad y miró el agua por última vez. En el fondo de la fuente cristalina vio, una vez más, el rostro de la anciana. Pero esta vez, al mirarla fijamente, el anciano sonrió con una profunda paz: las arrugas de la mujer y las suyas eran las mismas; sus cabellos blancos eran idénticos y sus miradas compartían la misma sabiduría del camino recorrido. Ambos rostros se parecían tanto que parecían uno solo.
Fue en ese instante cuando el anciano comprendió el gran misterio de la fuente. Aquella anciana no era un alma en pena ni un hada del bosque: era su propia vejez que lo había estado esperando desde el principio de su vida. Cuando era niño, su vejez estaba muy lejana y por eso la veía tan anciana; conforme él cumplía años y envejecía, su vejez se iba acercando a él, «rejuveneciendo» ante sus ojos, hasta que al final de la jornada, el niño de antaño y la anciana del agua se fundieron en el mismo y único reflejo del tiempo.
Este cuento era muy sencillo y corto. Yo lo he alargado un poco añadiendo algunas descripciones.
El autor del cuento impreso, que leí en la escuela, es anónimo, ya que se publicó durante la década de 1950 directamente bajo el sello y la firma de Saturnino Calleja (o de sus hijos, quienes continuaron expandiendo el catálogo de la Editorial Calleja en las décadas posteriores).
La inmensa mayoría de estos relatos escolares de bolsillo no llevaban el nombre de un escritor individual.
lunes, agosto 24, 2026
LA HUIDA

Marcel y Jeannine, dueños de una tienda de televisores y
consolas de música. Corría el año 1967 cuando la conocí en
un concierto de Jacques Brel, celebrado en la sala Olympia
de París. Otro día fuimos juntos al Palais des Sports para ver
al Coro de cantos y danzas del Ejército Rojo, que estaba de
gira por
Europa.
Sus padres no me querían, yo era solo un obrero, y además,
español; poca cosa para su hija. Solo podíamos vernos a
escondidas. Ellos vivían en la primera planta de una casa
señorial de la Place Pigalle, cerca del cabaret Moulín Rouge.
Un día acordamos abandonar la ciudad y huir lejos, muy
lejos, donde nadie pudiese hallarnos. La ocasión se presentó
una noche en que el padre de mi amada le anunció que esa
noche había invitado a su madre a cenar fuera y después a
ver “El amor brujo” en el teatro Chatelet.
Ella me llamó a la empresa por teléfono y quedamos en
coger la linea 14 del metro Saint Denis-Pleyel a Orly y
encontrarnos en la salida del metro del aeropuerto de Orly.
Así lo hicimos, y tres horas más tarde circulábamos en taxi
por Londres. El resto de la noche la pasamos compartiendo
cariño.
Al día siguiente, intuyendo que la policía averiguaría dónde
habíamos sacado los billetes y sellado los pasaportes, nos
montamos en el primer autocar que salía de la estación en
cuya cabecera anunciaba el destino: Stonehenge.
El viaje duró noventa minutos y nos dejó en una explanada
llena de turistas, que fotografiaban el extraño monumento
construido cinco mil años antes. Nos quedamos pasmados al
conocer por el guía del grupo la historia de aquellas enormes
piedras.
Terminada la visita la gente subió de nuevo al autocar, pero
nosotros nos quedamos ocultos entre los numerosos turistas
que habían llegado en otras expediciones. Luego caminamos
hasta un restaurante cercano que habíamos visto desde el
autocar en la carretera y desayunamos fuerte, como hacen
los ingleses. Nos gustaba el lugar, todo verde y llano.
Seguimos caminando hasta un pequeño pueblo y pasamos
allí el día mirando tiendas, edificios principales, y jardines
públicos.
Nos enteramos de
que un día al año el sol atravesaba uno de los arcos del monumento, y que
aquello tenía un significado muy importante para los antiguos pobladores de la
zona. Sin pensarlo demasiado —no teníamos dinero para el hotel carísimo que nos
habían recomendado en el restaurante— decidimos volver al monumento y quedarnos
allí para presenciar el espectáculo.
Fue un atardecer
maravilloso. Los bloques oscuros se recortaban, orgullosos, contra un horizonte
de fuego que pintaba el cielo de tonos rojizos. Sentados en la hierba, mi
espalda apoyada en una columna y ella recostada en mi regazo, contemplábamos el
milagro de la naturaleza. Después, embriagados de cariño, hicimos el amor hasta
que, vencidos, nos quedamos dormidos.
La luz del
amanecer empezó a difuminar lentamente la negrura de la noche, resaltando a
contraluz los pilares erguidos y los dinteles de granito. ¡Y entonces ocurrió!
Desde donde estábamos vimos un rayo de sol
atravesar un dintel, algo que solo sucede un día al año, y que no estaba
previsto que ocurriera aquel día, porque de ser así la explanada estaría llena
de turistas haciendo fotos. Al parecer, los dioses que custodian ese lugar se
apiadaron de nosotros y nos concedieron el milagro.
Pero la felicidad
del pobre nunca dura demasiado, y yo no iba a ser la excepción: justo cuando
preparaba mi Canon, sonó el despertador.
¡La madre que me
parió!
¡Todo había sido un sueño, maldita sea!, exclamé
decepcionado.
Entonces vi mi cámara de fotos en la mesita de noche, una
lucecita parpadeaba: estaba conectada y presta a disparar.
¡Las fotos estaban allí!
©Juan Pan García.







