Pero tranquilos, con las nuevas tecnologías se ha perdido la gracia de gastar bromas, excepto que alguien te coloque algún muñeco de papel pegado a la espalda o anuncie alguna mentira para que la creáis y luego deciros “inocente, inocente”.
¡Antes si que era divertido! La gente gastaba bromas simpáticas e inolvidables. Por ejemplo en el pueblo madrileño donde pasé la niñez: Había un chico, hijo único y muy mimado, al que sus padres y abuelos regalaban cosas que ningún otro chico del grupo podía soñar con tener algún día.
Un año le regalaron por su santo una moto Vespa, y el chaval presumía con ella montando detrás a las chicas más bonitas del pueblo.
El día de los Santos Inocentes, Pepito, hijo de un hombre que ponía los barrenos en la cantera del pueblo, colocó un cartucho de dinamita en el hueco del motor de la moto, de tal manera que cuando arrancó y se calentó el motor explotó ya lanzó al dueño por los aires, la cabeza por un lado y el cuerpo por otro. ¡Qué risa!
Todos reímos la broma escondidos detrás de la fuente de la plaza.
Pero a su madre no le hizo gracia, ninguna gracia. Hay gente que no sabe divertirse y siempre anda seria y distante. Al ver a su hijo en los suelos, empezó a gritar:
—¡Asesinos, asesinos, habéis matado a mi hijooooooo!
Y toda la gente salía a la calle a ver lo que había pasado. Cansado de tantos gritos y lamentos, el alcalde se acercó a la dama y le dijo:
—¡Pero señora, que son los Santos Inocentes! Si no admite bromas no salga usted a la calle, pues. ¡La hostia con la gente rica, tanto criticar las costumbres populares! Si no le gusta el pueblo, váyase a Madrid a pasear por el Retiro.
©Juan Pan García, 28/12/ 2025 Foto de internet, ignoro el nombre del autor

No hay comentarios:
Publicar un comentario