Lo encontré unos días antes de Navidad en un hospicio. Lo habían dejado abandonado en la puerta dentro de una caja de cartón. Era un bebé precioso. Lo cogí en brazos y enseguida me aceptó. Mi corazón rebosaba de ternura. Firmé los papeles y lo adopté. Le pusimos de nombre Tomi, diminutivo de Tomás.
Lo criamos con esmero en casa y él fue creciendo y jugando, como todo ser vivo cuando es chiquitito. Alegraba la vida en mi hogar y nos hacía reír. Se apropiaba de todo lo que necesitaba para jugar: zapatillas, pelotas, muñecas, el mando de la tele...
Pero noté que pasaba las horas asomado al balcón; le faltaba algo, algo que su instinto le pedía: la calle, el campo, la hierba, los animales...
Un día me lo llevé a pasear. Me detuve en frente de la bodega Gin Rives. Desde la acera se veía pasar botellas enfila hasta la máquina del llenado; pero eso a él no parecía interesarle, tenía clavada la mirada en un prado verde cercano. ¡Nunca había visto algo igual!
Tiraba con fuerza de mi mano y lo acerqué a la cerca. Tomi
se quedaba pasmado mirando una vaca retinta que pastaba tranquilamente. De pronto la vaca se acercó unos metros, mirándonos fijamente Mi pequeñín me miraba como pidiendo auxilio o, quizá, solicitando le presentase a la vaca. Eso yo no podía consentirlo. No porque yo tuviese miedo, siempre encontraría el modo de escapar en caso de peligro; pero con mi niño no me atrevía, era peligroso.
Y nos quedamos mirando el ganado un buen rato. Hasta que Tomi se cansó y regresamos a casa.
Ese día,Tomi había visto cosas nuevas, y habíamos caminado 2,5 kilómetros. Todo había sido perfecto y saludable.
En los días siguientes repetíamos el recorrido para hacer ejercicio y, quizá, entablar amistad con las vacas.
Juan Pan García, 25-3- 2026



No hay comentarios:
Publicar un comentario