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lunes, agosto 24, 2026

LA HUIDA

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 Michelle era una joven estudiante parisina de 18 años, hija de

 Marcel y Jeannine, dueños de una tienda de televisores y

 consolas de música. Corría el año 1967 cuando la conocí en

 un concierto de Jacques Brel, celebrado en la sala Olympia

 de París. Otro día fuimos juntos al Palais des Sports para ver

 al Coro de cantos y danzas del Ejército Rojo, que estaba de

 gira por Europa.


Sus padres no me querían, yo era solo un obrero, y además,

 español;  poca cosa para su hija. Solo podíamos vernos a

 escondidas. Ellos vivían en la primera planta de una casa

 señorial de la Place Pigalle, cerca del cabaret Moulín Rouge.

 

Un día acordamos abandonar la ciudad y huir lejos, muy

 lejos, donde nadie pudiese hallarnos. La ocasión se presentó

 una noche en que el padre de mi amada le anunció que esa

 noche había invitado a su madre  a cenar fuera y después  a

 ver “El amor brujo” en el teatro  Chatelet.


 Ella me llamó a la empresa  por teléfono y quedamos en

 coger la linea 14 del metro Saint Denis-Pleyel a Orly y

 encontrarnos  en la salida del metro del  aeropuerto de Orly.

 Así lo hicimos, y tres horas más tarde circulábamos en taxi

 por Londres.  El resto de la noche la pasamos compartiendo

 cariño.

Al día siguiente, intuyendo que la policía averiguaría dónde

 habíamos sacado los billetes y sellado los pasaportes,  nos

 montamos en el primer autocar que salía de la estación en

 cuya cabecera anunciaba el destino: Stonehenge.


  El viaje duró noventa minutos y nos dejó en una explanada

 llena de turistas, que fotografiaban el extraño monumento

 construido cinco mil años antes. Nos quedamos  pasmados al

 conocer por el guía del grupo la historia de aquellas enormes

 piedras.


Terminada la visita la gente subió de nuevo al autocar, pero

 nosotros nos quedamos ocultos entre los numerosos turistas

  que habían llegado en otras expediciones. Luego caminamos

 hasta un restaurante cercano que habíamos visto desde el

 autocar  en la carretera  y desayunamos fuerte, como hacen

 los ingleses. Nos gustaba el lugar, todo verde y llano.

 Seguimos caminando hasta un pequeño pueblo y pasamos

 allí el día  mirando tiendas, edificios principales, y  jardines

 públicos.

Nos enteramos de que un día al año el sol atravesaba uno de los arcos del monumento, y que aquello tenía un significado muy importante para los antiguos pobladores de la zona. Sin pensarlo demasiado —no teníamos dinero para el hotel carísimo que nos habían recomendado en el restaurante— decidimos volver al monumento y quedarnos allí para presenciar el espectáculo.

Fue un atardecer maravilloso. Los bloques oscuros se recortaban, orgullosos, contra un horizonte de fuego que pintaba el cielo de tonos rojizos. Sentados en la hierba, mi espalda apoyada en una columna y ella recostada en mi regazo, contemplábamos el milagro de la naturaleza. Después, embriagados de cariño, hicimos el amor hasta que, vencidos, nos quedamos dormidos.

La luz del amanecer empezó a difuminar lentamente la negrura de la noche, resaltando a contraluz los pilares erguidos y los dinteles de granito. ¡Y entonces ocurrió!

 Desde donde estábamos vimos un rayo de sol atravesar un dintel, algo que solo sucede un día al año, y que no estaba previsto que ocurriera aquel día, porque de ser así la explanada estaría llena de turistas haciendo fotos. Al parecer, los dioses que custodian ese lugar se apiadaron de nosotros y nos concedieron el milagro.

Pero la felicidad del pobre nunca dura demasiado, y yo no iba a ser la excepción: justo cuando preparaba mi Canon, sonó el despertador.

¡La madre que me parió!

¡Todo había sido un sueño, maldita sea!, exclamé

 decepcionado.

Entonces vi mi cámara de fotos en la mesita de noche, una

 lucecita parpadeaba: estaba conectada y presta a disparar.

¡Las fotos estaban allí!

 

©Juan Pan García. 

 

 


 

 

 

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