martes, marzo 14, 2006

INOLVIDABLE PRIMAVERA



El día había amanecido en París soleado y caluroso, un día señalado para pasear por las avenidas, sentarse en los parques o asomarse al Sena, para admirar el lento avance de las lujosas embarcaciones de paredes de cristal, convertidas en restaurantes y salas de concierto.
Miré a María Asunción, que estaba dormida en el sofá-cama desnuda, apenas cubierta por la sábana. Tenía un cuerpo bonito, bien proporcionado, de carnes apretadas y tostadas. Sus rasgos eran criollos: labios carnosos, nariz pequeña, ojos de miel, cabello abundante, negro azabache, largo y lacio. Descansaba plácidamente, recuperándose de la turbulenta noche que habíamos vivido. Llegamos ya de madrugada y estuvimos hablando de ella, de su maravilloso país, de sus ríos y selvas; de su presidente, el general Stroessner, uno más de los generales que gobernaban el mundo. Me dijo que ella era libre, de ésas que decían: “Haz el amor y no la guerra”, que se entregaban a quien lo necesitara y que por tanto no quería ataduras. “Estoy contigo, pero no te pertenezco”, me dijo. Miré el reloj: las 11. La dejé dormir.

La conocí el día anterior en la Sorbonne, durante la proyección de una película en uno de los anfiteatros de la Universidad. Horas antes, observé que en el barrio latino se aglomeraba toda la población estudiantil, ocupando escalones, fuentes, terrazas y muelles del Sena. Jóvenes de diferentes especialidades, culturas y países convivían habitualmente por esa zona; pero siendo el centro de la revuelta, miles de estudiantes de otros lugares habían acudido a solidarizarse con aquéllos y era prácticamente imposible encontrar un hueco donde descansar sin ser arrollado por esa masa humana que gritaba expresando sus convicciones y que arrastraba a la gente hacia los actos celebrados dentro de la Universidad. Me encontré sentado en un anfiteatro del centro de enseñanza, viendo cortometrajes de personajes como El Ché, Mao, Fidel Castro, que eran seguidos por debates en torno a esos líderes y sus doctrinas revolucionarias.
Fue durante el debate que siguió a un cortometraje de esos que una chica que se hallaba sentada a mi lado me ofreció beber agua de una botella. Bebí y la miré para darle las gracias. Era una joven de piel morena; parecía mulata, pero no lo era. No le pregunté nada, pero me presenté y tras el protocolo de rigor, quedamos en salir fuera a presenciar los acontecimientos. Ahora dormía en mi sofá, ajena a lo que sucedía en el exterior de aquella buhardilla de la Rue Montmartre.
Minutos más tarde, yo me dirigía por la Rue de Rívoli en busca de mi Citroen ID19, más conocido por “Tiburón”, que dejé abandonado en medio de la calzada junto a otros miles de vehículos que se habían quedado sin carburante. Estábamos ya a mediados de mayo de 1968.
Todo comenzó porque los estudiantes pedían una drástica reforma en la Universidad. Los padres apoyaron a sus hijos y los sindicatos de la Regie Renault se sumaron a la huelga. Pronto se le unieron otras fábricas y toda la industria quedó paralizada. Pero lo peor estaba por venir: la paralización general del transporte.
Las ciudades se quedaron sin abastecimiento, las estaciones de servicio sin carburante; las empresas cerraban porque sus empleados no podían acudir a sus puestos. Las calles se llenaron de coches abandonados en medio de la calzada o estacionados en doble y tercera fila en el lugar en que se quedaban secos. El mío estaba frente a las tiendas de La Samaritaine, cerca del Louvre.
Comprobé que todo estaba en orden y me dirigí a Nôtre Dame. Luego atravesé el puente hacia el barrio Latino para alcanzar el Boulevard St. Michel, donde a esas horas los soldados del Ejército limpiaban las calles de adoquines, botellas, coches calcinados y botes de humo diseminados tras los enfrentamientos nocturnos.
A lo largo de la avenida personas de toda índole se arremolinaban alrededor de espontáneos oradores, que realizaban toda clase de discursos, enfrentados por la parálisis del país. En el titular del matutino París Jour, leí que el Gobierno no dejaba salir los capitales de Francia y que los trabajadores extranjeros sólo podrían enviar a sus familias remesas de 200 Francos mensuales. El día 13 se calcularon en 9 millones los trabajadores en huelga. Los actos vandálicos de los estudiantes estaban dirigidos por un tal Daniel Cohn-Bendit, un francés descendiente de judíos alemanes, que estudiaba Sociología en la Universidad de Nanterre. Días antes, había sido expulsado de Francia y regresó por sorpresa. Durante los enfrentamientos con la policía enseñaba a sus seguidores la manera de arrancar los adoquines de la calles y lanzarlos con fuerza contra los antidisturbios. La agenda se había convertido en rutinaria: manifestaciones y discursos por la tarde; barricadas por la noche, frente a una feroz respuesta de los CRS (Cuerpo Republicano Especial). En la madrugada del día 16, se contaron mil heridos de consideración. Varios coches ardieron durante la noche, proyectando siluetas dantescas de la confrontación. Yo estaba convencido de que todo aquello acabaría en una guerra civil.
Miré de nuevo mi reloj: las doce, hora de regresar. Todo estaba cerrado por carecer de existencias, ninguna panadería, carnecería o restaurante. Menos mal que yo había conseguido llenar un armario de conservas en previsión de que la huelga se alargase. En las fachadas de los edificios, en los escaparates y en las farolas aparecían carteles de todas clases, referentes a la huelga. El que más impresionaba era uno que mostraba a un policía de los antidisturbios con casco, gafas y máscara en una pantalla de televisión. Debajo tenía el mensaje siguiente: No enciendas tu televisor, el Gobierno te vigila.
Cuando llegué a mi apartamento, después de subir las escaleras hasta la octava planta, oí unos acordes de guitarra y una voz dulce y suave de mujer que cantaba:

Barlovento, barlovento
tierra ardiente y del tambor
Tierra de las fulias y negras finas
que se van de fiesta
La cintura prieta al son de la curbeta
Taki, taki ta , y de las minas.


Abrí la puerta y vi a María sentada en el sofá, tocando una vieja guitarra que yo guardaba colgada en la pared desde hacía dos o tres años. Ella la había afinado y se acompañaba de unas notas nostálgicas. Al verme me sonrió, sin dejar de cantar:

Sabroso que mueve el cuerpo
La barloventeña cuando camina
Sabroso que suena el tan
Taki , taki tan sobre las minas

Que vengan los comunqueros
Para el baile de San Juan
Que la mina está templada
para sona taki, taki ta.

Me senté en la moqueta frente a ella y aplaudí cuando acabó su canción. Entonces se levantó y vino a mí y me besó. Luego se asomó a la ventana y descubrió a las palomas que habitaban en los tejados. Me miró y sonrió. Le di un paquete de maíz que yo guardaba para alimentarlas y ella se volvió a asomar para echarles la comida. Tenía unas piernas largas y muy bonitas, bien torneadas. Al inclinarse sobre el alféizar me di cuenta de que no llevaba ninguna otra prenda debajo de la camisa larga que se había puesto. Me acerqué a ella y me arrodillé, la abracé y puse mi mejilla pegada a sus nalgas. Sentí algo inolvidable, maravilloso. Su piel me transportó por las verdosas aguas del río Paraná, a través de una selva de plantas frescas y de olores diferentes. Su perfume delicado y envolvente me llevó hasta el Corpá, y me enseñó la belleza y majestuosidad de las aguas de Guairá, despeñándose a más de cien metros de altura, enmarcadas en un arco iris alucinante. Me sumergí en ellas con pasión y deseo y me dejé arrastrar por las impetuosas aguas hasta el lejano remanso reparador que sucede a la vorágine.

Al anochecer me dijo que se iba a la Universidad para unirse a sus compañeros en la lucha. Yo la acompañé.
El boulevard estaba rebosante de gente; junto al puente de St. Michel, centenares de furgones policiales esperaban ansiosos la orden de ataque. En las calles se enfrentaban los partidarios de continuar luchando, que ofrecían por 1 franco el libro “Mao Tse Tung” para ayudar a los encerrados en la Sorbonne, contra los partidarios de la reivindicación pacifista, que repartían folletos y fotos de Luter King.
Serían poco más de las diez cuando oí el griterío que subía desde el río, me asomé a la esquina de la rue Sorbonne y vi que la gente corría hacia arriba. La masa humana se dirigía al edificio central de la Universidad a refugiarse. Miré hacia abajo y vi un espectáculo terrorífico: los antidisturbios avanzaban pegados hombro con hombro y formando filas compactas, que iban desde una acera a la otra golpeando salvajemente con sus porras a todo aquél que estuviese en la calle obstaculizando su camino. Viendo las puertas de los edificios cerradas, la gente se pegaba a las paredes y los portales. En vano: todos eran golpeados con dureza. Los que caían al suelo eran pisoteados por todo el regimiento de CRS, que se dirigía sin miramientos hacia la Sorbonne.
Me volví al escuchar mi nombre, era María Asunción que me llamaba desde la puerta del centro universitario, rogándome que me refugiase dentro con ella; pero vi que era imposible: un grupo considerable de personas se interponían entre nosotros y no me podía mover porque la calle ya estaba al completo, como el metro en las horas puntas. Le dije adiós con la mano y me salí por otra calle en dirección contraria a los guardias, hacia los Jardines de Luxemburgo. Atravesé de nuevo el Sena por el Puente de las Artes y llegué a mi casa con las luces del alba. Me duché mientras escuchaba la radio y oí que las fuerzas de seguridad habían desalojado a los estudiantes que habían ocupado la Universidad, que muchos de ellos estaban heridos, que otros estaban detenidos y que algunos serían expulsados de Francia.
El 24 de mayo, el general De Gaulle se entrevistó en Baden-Baden con otro general. Al día siguiente, París amaneció rodeado de tanques. La huelga había terminado.
El general convocó elecciones y sacó la mayoría absoluta en la primera vuelta: la gente deseaba la paz y la estabilidad. A partir de ese día los precios se multiplicaron por 100: había que pagar los destrozos.

Nunca supe más de María. Pregunté varias veces entre los universitarios y les mostraba una foto que había obtenido de ella, por si la conocían. Nadie sabía de ella.
Fue al cabo de seis o siete meses que recibí una postal de Paraguay con este extraño texto:
Ta mo apesä che ñe´é
Magma yboit recoviá
Jha ipypé toro añuá
Co che py`á renyjhe;
Jha jhetá mba`é porá
Aicua´ánde rejha´é
A yé pane oimé ndavé
Revy`á nde yuruvy
Re jhecharamo ipoty
Jha omimbi nde rapecué.


Nunca lo entendí, es verdad, pero cada vez que lo miro veo entre líneas su bellísima imagen y huelo su perfume. Me acuerdo muchas veces del poema del film” Esplendor en la hierba” y creo que es muy cierto cuando dice:
“Aunque el Sol abrase la hierba, y del rosal vuelva mustias las hojas y caigan al suelo sus pétalos de terciopelo; aunque sean éstos esparcidos por el viento… Su belleza permanece para siempre en mi memoria.”


Fin.

17 comentarios:

  1. Anónimo12:18 a. m.

    Amigo Juan, soy Miguel.¿Qué tal va la vida? Hace tiempo te envié mi e-mail pero no sé si te habrá llegado porque esto falla mucho y yo no domino todavía el asunto. Mi hijo Carlos queja mucho de que esto va lento , de que se le desconecta internet de pronto, de que pierde datos y a mí me ocurre otro tanto.
    Bueno, me ha gustado mucho este relato corto y me ha recordado una visita que hice con la familia a París hace un par de años. Además tengo grabados en video los acontecimientos que sucedieron en París allá por el 68, sus protagonistas y sus consecuencias y de vez en cuando me gusta verlos.
    Te animo a que sigas escribiendo .
    Saludos.

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  2. Hola, Miguel: no tengo tu email, y lo siento porque a veces me gustaría comunicarme contigo. Nosotros estamos como el tiempo, unos días mejor que otros. Celebro de que te haya gustado mi relato, en eso me distraigo y todos en el foro me dicen que he mejorado mucho. Vuelve a enviarme tu email a juanpangarcia@yahoo.es. Saludos y recuerdos a los tuyos.

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  3. Hola, Juan:
    Lo confirmo: este texto es el mejor que he leído de todos los tuyos (y ya me gustaban los demás...)
    Cada vez narras historias con más facilidad y eso se agradece al leerlas. Uno se ve envuelto casi sin querer en el ambiente y siente que se acabe tan pronto. Quizás deberías plantearte escribir algo más largo, talento no te falta y, por lo que voy viendo, tampoco historias que contar.
    Ignoro si realmente viviste aquellos sucesos del famoso mayo de París en primera persona, pero igualmente resulta interesante refrescarlos a mi generación o a la que me sigue, que tiene la falsa creencia de que sus derechos y libertades fueron gratis, y piensan que nadie se las puede quitar.
    Te felicito francamente, Juan.
    Un abrazo.

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  4. Hola, Terminus:
    Gracias por tus ánimos. ya tengo escritas cosas más largas: dos novelas, pero aquí resultarían muy largas.
    Los acontecimientos que describo en este relato los viví personalmente cuando contaba 25 años.Lo he adornado con una historia romántica para hacerlo más suave. Un abrazo. Juan Pan.

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  5. Anónimo6:03 p. m.

    Juan: ¿La foto del chiquillo al pie del Citroen es la tuya? O sea, la historia ¡Es cierta! Te felicito por uno de los mejores relatos que he leído. De verdad.
    Besos,
    B. Miosi

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  6. Hola Blanca: Sí ése ¿chiquilloooooo? era yo; tenía 25 años, un bobón,¿no crees? Un beso y gracias por tu visita.

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  7. Juan, me gustó mucho tu cuento y me vi a mi, hace años en mi recorrido por Paris caminando, caminando, a veces de metro una o otra vez en taxi, ciudad que siempre ha sido para mi una ciudad de ensueño y sigue siendolo todavia.

    Sera que esa muchacha que conociste era yo? No? Como sabes?
    (Broma!!)

    Besitos
    Flor

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  8. No eras tú, flor, estoy segurísimo, ¡ja!,¡ja!
    ¡Así que estuviste en París!
    Gracias por tu comentario. Un beso.

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  9. Oh paris paris, cuántos recuerdos no? la vez que allí estuve tenia solo 25 años, y sentada en uno de los clásicos bares , ese día me calcé la boina verde, mi amiga me dijo esa. esa te que perfecta hace juego con tus ojos pardos.
    Pues allí estaba cuando vi, un joven de cabellos rubios casi rojizos o tal vez era el sol, que disimuladamente me miraba. Le sonreí y el sin esperar más se acercó a mi mesa. La charla fue amena ... no recuerdo su nombre y no le dije el mío, solo sé que en un hotel de ese bello parís nació el amor. No juan ajajaja no eras tu! besos

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  10. Seguro que no era yo, María Susana;lo recordaría al detalle como recuerdo a María Asunción.
    Un beso, guapa.

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  11. Hola!!!!!
    Juan, sabes que me gustan tus escritos, pero este traspaso el alma, y me alegro ser yo la que volvió a recordarte a María, que lindo seria verla de nuevo, no mejor no (perdón por el egoísmo), será mejor que los dos la recordemos así joven y libre….
    Me permites enlazarte en mi entrada “Belleza Guaraní”.
    Buen domingo y un abrazo de oso.

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  12. Va tu tarjeta traducida:

    "Quiero unir mis palabras, tu que eres la flor, y con ella te daré un abrazo, desde lo profundo de mi ser, muchas lecciones bonitas eh aprendido gracias a ti, Seguro que tu también te alegras y sonríes cuando ves florecer y brillar el camino que has recorrido."

    Otro abrazo de oso.

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  13. ¡Muchísimas gracias, amiga Comun!
    Me ha emocionado tu detalle.Y el texto de María me llega al corazón.
    Un beso enorme. Te debo una.

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  14. IMPRESIONANTE, Se que en la primavera del 68 estabas en Francia, con lo cual el relato es en primera persona, espero que sea real al completo, por lo menos te llevaste la mejor parte. Yo conozco en persona a otros que estuvieron detenidos, no muy cómodos por cierto. Vosotros también los conoceis por lo menos por la tele. Me ha encantado, La memoria es muy sabia y recuerda cualquier cosa incluso los olores.
    Besos Juan un placer leerte.

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  15. ¡Gracias, Mercedes!
    Este relato es real, y es el que más me gusta de todos los que he escrito porque puse el alma en cada letra Besos

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  16. Asistir al Mayo Francés en primera línea, y con la juventud envolviéndonos el alma, es ya de por sí una vivencia de valor incalculable. Unir ese recuerdo a un cuerpo y perfume de mujer, no debe tener precio.
    Enhorabuena Juan. Estupendo relato.
    Un abrazo amigo.

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  17. Rosario, guapa, me alegro de verte por aquí. Muchísimas gracias por dedicarme tu tiempo.Un placer leer tu comentario. Besos mil

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