
El primer viaje que realicé a la capital, ante la mirada curiosa de las bandas de avestruces que me saludaban lo largo del camino, me alojé en el Johannesburg Hotel, un edificio de ocho plantas, a 30 rands la noche, que disponía de dos discotecas, cafetería, restaurante y piscina. Pero en la cafetería me encontré con un grupo de soldadores ingleses del campamento, que habían venido en un autocar.
Los ingleses son extremadamente educados y elegantes cuando están sobrios, pero a la cuarta cerveza, y las toman por docenas, no sé dónde meten tanto líquido, se vuelven locos y les da por romper jarrones, tirar de las alfombras cuando alguien sube por la escalera, meterle mano a las camareras del restaurante cuando pasan cargadas con sus bandejas, etc. No, no crean que solamente los hinchas del fútbol británicos son despreciables en su comportamiento; son casi todos todos los ingleses cuando beben más de la cuenta. Al igual que en las ciudades donde acuden para presenciar la Champion League, en Johannesburgo la policía debía echarlos de los hoteles, previo pago de elevadas sanciones. Los metían en el autocar y los enviaban de regreso a Sasol.
Esa noche la pasé en la discoteca, escuchando música y hablando con unas chicas portuguesas de Mozambique hasta altas horas de la madrugada. Ellas me informaron de todas las atracciones que ofrecía la capital.
Delante del hotel había un tablero de ajedrez gigante, una plazoleta de unos 25 metros de lado, donde las fichas eran personas, que se instalaban ellas mismas en los grandes cuadros negros y blancos, y jugaban la partida. Unos eran reyes, otros reinas, otros las torres, los caballos, peones…, y cada cual se movía según lo requería el juego hasta finalizar la partida. Había multitud de personas presenciando la partida alrededor del tablero.
Fui al mercado indio, un edificio controlado por los hindúes, donde se podía encontrar de todo lo que se buscase, desde un vestido a un collar de diamantes, a un precio más económico que en las lujosas tiendas del centro


Aprovechando que hacía un tiempo muy soleado, fui al parque a tumbarme en la hierba antes de comer al medio día. Por la tarde iba a centros comerciales y a ver monumentos y plazas. Por la noche fui a la Casa de España, un local que me habían indicado las chicas portuguesas la noche antes en la discoteca.
Resultó que de España sólo tenía el nombre, dos pósteres de la Feria de Sevilla y una botella de anís del Mono. Los dueños y empleados eran portugueses, la música de Amalia Rodríguez y casi todo lo que servían era portugués. Julio, un español, de El Ferrol, que trabajaba de ajustador en Sudáfrica desde hacía treinta años, estaba cenando solo en una mesa y el dueño me lo presentó. Me senté a su mesa y cenamos juntos; luego, en el transcurso de la noche, bien acompañados, dimos cuenta de la única botella española que tenían en el bar.
Julio me informó de que en el Carton Hotel organizaban excursiones para sus clientes a una reserva no muy lejos de la capital. Anoté el nombre del hotel, era de lo mejor de la ciudad. Según dijo Julio, tenía más de 30 plantas, y costaba 60 rands noche. En sus salas de reuniones se reunían los empresarios, y la gente VIP de la ciudad acudía a cenar presenciando las actuaciones de los mejores artistas del momento. Contaba con 603 habitaciones.
En 1998, debido a los cambios que se precipitaron en el país y a las dificultades económicas que los acompañaron, cerró el hotel. Pero para eso aún faltaban muchos años. Aquel día decidí que en mi siguiente viaje me hospedaría en el Carton.


Julio, envuelto en vapores de anís mezclado con vino de Oporto y Málaga Virgen, y con el orujo que reglamentariamente debe tomar un gallego antes de irse a dormir, me contó que se fue a Sudáfrica cuando nació su hija, y que no ahorraba lo suficiente como para poder venir a ver a su familia cada año. Hacía cinco que no venía a España. Cada mes enviaba una mensualidad a su familia, lo que le permitió pagar los estudios de medicina a su hija. Tenía alquilado un apartamento en Johanesburgo, adonde iba todos los fines de semana.
Me explicó que, al igual que todos los sudafricanos, los residentes extranjeros debían pagar el 50% de impuesto de sus salarios. No como nosotros, que veníamos contratados con cláusulas especiales. Nuestro salario era ingresado neto en nuestras cuentas.
Lo único que yo tenía eran los 20 rands diarios del plus de asistencia que me daban para mis gastos, y algunas horas extras, dinero que yo acumulaba, y cuando reunía lo suficiente para pasar un buen fin de semana, me escapaba del campamento.
Estaban prohibidas y duramente castigadas las relaciones sexuales interraciales, pero Julio me demostró cómo los blancos se saltaban esa ley: las avenidas de la gran ciudad se llenaban de paseantes los fines de semana; el blanco paseaba entre la gente de color, y cuando una chica le interesaba, le hacía un guiño y ella lo seguía a quince o veinte metros de distancia. Cuando llegaban al edificio donde el blanco habitaba, en este caso Julio, él mostraba con los dedos el número de planta y se quedaba atento tras la puerta, presto a abrir enseguida para dejarla entrar. Eso explica que en un país controlado férreamente por el sistema nazi del Apartheid, y a pesar de que el sexo entre blancos y negros estaba penado con seis meses de cárcel, nacieran tantos millones de mestizos.
Cerca del Hotel Carton hay una mina de oro, que aún funciona y recibe visitas de grupos organizados de turistas. En el hall del hotel se exponían joyas, esculturas, y pieles. Una alfombra con la cabeza de un león costaba 1200 rands, y los diminutos diamantes engarzados en anillos o pendientes, por el estilo.
La última vez que estuve en Johannesburgo, próximo ya mi regreso a España, compré media docena de relojes de los que estaban de moda por aquellos años: Citicen automáticos, sin pilas, ni cuerda: funcionaban con el pulso de la muñeca. Un par de brazaletes tallados de marfil, juego de pulsera, anillo y collar del mismo material y una joya para mi esposa.
Pero antes de que llegase ese día, realicé otras visitas.











