
No había subido nunca en avión y al hacerlo aquel día frío de enero de 1981 sentí un poco de ansiedad. Me senté junto a un matrimonio portugués que a los pocos minutos me dijo residía en Johannesburg, tras haber abandonado sus propiedades en Mozambique acuciado por los fusiles de unos niños-soldados.Salimos a las seis de la tarde, ya oscuro, y a las siete nos trajeron la cena; luego proyectaron la película Xanadú y al poco aterrizamos en Kinsasa para respostar. Para entonces ya me había habituado al avión y paseaba por el pasillo para charlar con unos y con otros
Este soy yo, bueno: era yo
Esas chicas tan hermosas que salían siempre en las películas como azafatas debieron confundirse de vuelo, pues las que me acompañaban tenían todas más de cuarenta años, eran poco agraciadas y mostraban un agrio carácter.Más que azafatas de vuelo parecían monjas maduras de hospital. Estaba amaneciendo cuando llegamos a Joannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, que nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas Interviú porque mostraban desnudos. Dos horas más tarde, rodaba en taxi dirección a Secunda
Amanecer en Johannesburg
Al llegar a Sasol, rellené una ficha y me entregaron la llave del barracón en que estaba ubicada mi habitación.Al siguiente día había reunión para todos los españoles que habíamos llegado en los primeros días del año 1981 en un gran salón donde un español nos traducía simultáneamente el mensaje de bienvenida del director de FLÚOR,el holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del responsable de la Seguridad en la Refinería:Prohibido hablar con negros y mestizos, salvo para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni de saludos o expresiones amistosas.Obligación de llevar el documento de identidad con la foto muy visible colgado en el pecho.Obligación de firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.Bajo penas de expulsión del país, estaba prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Aparteid. Totalmente prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.
Me tocó por vecino en el mismo barracón un gallego de Orense. Ocupaba una habitacón situada frente a la mía. Al parecer no había salido nunca de su ciudad, siempre había estado junto a su familia, y sentía nostalgia tras llevar dos meses en Sasol, porque aquella misma noche, totalmente borracho, la pasó llorando y aporreando las puertas de todas las habitaciones diciendo que quería regresar a España.
La primera sorpresa que me llevé fue comprobar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de doscientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría, lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuve que vivir siempre con las persianas echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms de distancia.Los ingleses tenían la maldita costumbre de poner a las cinco de la mañana el desayuno, porque a las seis salían los camiones y furgonetas para llevar al personal hasta la obra, ubicada a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería todos, desde el ingeniero hasta el peón, debían pasar un control militar.
La segunda sorpresa fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana en vez de un desayuno servían la comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las diez se paraba el trabajo: la hora del té, una tradición inglesa sagrada. Lo tomaban con un dulce y una fruta (los españoles bebíamos cerveza con el bocadillo); a las doce una fruta y un dulce; a las tres de la tarde de nuevo el té, y a las seis, ya de regreso en el campamento, comenzaban a servir la cena.
Saliamos del comedor aún medio dormidos y en la puerta nos entregaban una bolsa que contenía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.
Miguel Echevarría, un guipuzcoano perspicaz —que fue de los primeros en llegar cuando comenzaron los trabajos y luego lo expulsaron por trabajar ebrio y provocar un accidente mortal y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana bellísima, abandonando a su familia en España—, tuvo la feliz idea de dedicarse a vender bocadillos de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento.(Un Rand,en el año 1981, equivalía a 1´10 dólares)En un rato, el tiempo de salir del comedor y dirigirse a los transportes, Miguel ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ningún español (éramos casi 300) agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía suficiente picante como para abastecer a todo un continente), y preferíamos comprarle bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo. El chaval lucía una nariz aplastada y presumía de haber sido boxeador y sparring de Urtain
Este soy yo, bueno: era yoEsas chicas tan hermosas que salían siempre en las películas como azafatas debieron confundirse de vuelo, pues las que me acompañaban tenían todas más de cuarenta años, eran poco agraciadas y mostraban un agrio carácter.Más que azafatas de vuelo parecían monjas maduras de hospital. Estaba amaneciendo cuando llegamos a Joannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, que nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas Interviú porque mostraban desnudos. Dos horas más tarde, rodaba en taxi dirección a Secunda

Amanecer en Johannesburg
Al llegar a Sasol, rellené una ficha y me entregaron la llave del barracón en que estaba ubicada mi habitación.Al siguiente día había reunión para todos los españoles que habíamos llegado en los primeros días del año 1981 en un gran salón donde un español nos traducía simultáneamente el mensaje de bienvenida del director de FLÚOR,el holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del responsable de la Seguridad en la Refinería:Prohibido hablar con negros y mestizos, salvo para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni de saludos o expresiones amistosas.Obligación de llevar el documento de identidad con la foto muy visible colgado en el pecho.Obligación de firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.Bajo penas de expulsión del país, estaba prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Aparteid. Totalmente prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.
Me tocó por vecino en el mismo barracón un gallego de Orense. Ocupaba una habitacón situada frente a la mía. Al parecer no había salido nunca de su ciudad, siempre había estado junto a su familia, y sentía nostalgia tras llevar dos meses en Sasol, porque aquella misma noche, totalmente borracho, la pasó llorando y aporreando las puertas de todas las habitaciones diciendo que quería regresar a España.
La primera sorpresa que me llevé fue comprobar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de doscientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría, lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuve que vivir siempre con las persianas echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms de distancia.Los ingleses tenían la maldita costumbre de poner a las cinco de la mañana el desayuno, porque a las seis salían los camiones y furgonetas para llevar al personal hasta la obra, ubicada a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería todos, desde el ingeniero hasta el peón, debían pasar un control militar.
La segunda sorpresa fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana en vez de un desayuno servían la comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las diez se paraba el trabajo: la hora del té, una tradición inglesa sagrada. Lo tomaban con un dulce y una fruta (los españoles bebíamos cerveza con el bocadillo); a las doce una fruta y un dulce; a las tres de la tarde de nuevo el té, y a las seis, ya de regreso en el campamento, comenzaban a servir la cena.
Saliamos del comedor aún medio dormidos y en la puerta nos entregaban una bolsa que contenía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.
Miguel Echevarría, un guipuzcoano perspicaz —que fue de los primeros en llegar cuando comenzaron los trabajos y luego lo expulsaron por trabajar ebrio y provocar un accidente mortal y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana bellísima, abandonando a su familia en España—, tuvo la feliz idea de dedicarse a vender bocadillos de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento.(Un Rand,en el año 1981, equivalía a 1´10 dólares)En un rato, el tiempo de salir del comedor y dirigirse a los transportes, Miguel ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ningún español (éramos casi 300) agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía suficiente picante como para abastecer a todo un continente), y preferíamos comprarle bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo. El chaval lucía una nariz aplastada y presumía de haber sido boxeador y sparring de Urtain
Juan, juan me gusta tus cuentos, saber un poco de tu via anterior?!
ResponderEliminarQue no te gusta carne asada con mermelada, sera que era con mermelada? o sería con chatney, és parecido con marmelada pero és un agri-dulce de fruta, de mango és buenisimo, és indiano jajaja Bueno a mí me gusta!
Y las azafatas, te creias que serían salidas del cine??? Oyé más de cuarenta años??? A quién no le gusta una mujer de más de cuarenta años? Bueno para azafatas no lo sé... (Broma, broma).
Que seas feliz este fin de semana!
Siempre un gusto leerte.
Besos
Flor
La carne a la brasa o asada me gusta con mostaza, o simplemente con su sabor natural, acompañada de un buen vino tinto; pero ¡echarle mermelada dulce...!
ResponderEliminarLas mujeres de cuarenta y pico están riquísimas, pero no las aceptan como modelos, y me extrañó que fuesen azafatas.Aquéllas parecían mucho mayores que yo, que tenía 37.
Un beso, Flor, y sonríe, que tú estás muy rica.
O eres muy rica: Viajas mucho, ja,ja!
Juan, excelente relato en su segunda parte. Ya estaba esperando la continuación. Lo dicho, tienes historias para contar durante una buena temporada. Lo de las azafatas me pasó a mí cuando viajé a Praga en la compañía checa, la jefa era una matrona cincuentona que traía a las jóvenes por la calle de la amargura. Las jóvenes, guapas pero sin pintar ni maquillar y muy serias.
ResponderEliminarNo debía ser una vida fácil en esas circunstancias, para un sujeto como tú, con cierta conciencia social, donde la marginación y el racismo era la bandera del régimen.
Un abrazo
Nada, Juan, que nos vas a enganchar a todos con ese pasado tan interesante que tienes. Sigue, sigue.
ResponderEliminarHola, Antonio, gracias por tu aporte. Lo de las azafatas tenía guasa, sólo sonreían una hora antes de la llegada cuando vendían productos que no pagaban tasas en la Aduana: relojes, perfumes, diamantes, ect.
ResponderEliminarTú también as recorrido mucho mundo, y debes tener muchas anécdotas que contar. Anímate
Un abrazo.
Hola, Jose Antonio, gracias por tu vista. ¿Mi pasado interesante?
ResponderEliminarMás bien un pasado duro y difícil, obligado a recorrer mundos diferentes y lejos del calor de la familia.
Interesante y bueno el tuyo, amigo: escritor y colaborador en prensa y radio que no a sentido la necesidad de abandonar nunca su querida Sevilla. Tus relatos sí que son atrapadores.
Un abrazo.
Es verdad, Juan, que nunca salí de mi tierra más de una semana, de haberlo hecho como tú me hubiera muerto de nostalgia. Pero ese patrimonio vital que tú posees es un tesoro que yo no tengo, por eso me gusta leerte cada vez que puedo y por eso aprendo de ti cada vez que leo algo tuyo, en serio.
ResponderEliminarCreo yo, desde mi modesto punto de vista, que si literariamente apostaras de forma explícita por emplear ese vasto patrimonio tuyo vivencial y sentimiental como argamasa para construir historias fantásticas en esa fábrica que es tu imaginación, te daría muy buenos resultados.
Imagina, por ejemplo, un libro de cuentos ambientado en aquel lugar, en aquella época, con aquellos personajes que conociste, que debieron ser cientos. Tramas atrapantes imaginadas por ti pero vividas y sentidas por ti y por ellos. O tal vez una buena novela.
Quizá esté abusando de tu confianza al permitirme decirte estas cosas, pero pensándolo bien me gustaría leer un libro así, por eso no puedo resistirme a la tentación de decírtelo. Tú me disculpas por permitirme esta licencia. Un fuerte abrazo.
Hola!!!!
ResponderEliminarJuan, veo que están hablando de carne asada, si algún día se te ocurre venir por aquí, te hare un adado bien criollo, aunque me quede olor a humo, sí aunque vos no lo crea se hacer asado, jijiji
Buen fin de semana y un abrazo de oso.
"asado"
ResponderEliminarTe agradezco tus consejos, Jose Antonio, y no me parece descabellada la idea de escribir un libro de relatos o una novela sobre mis experiencias por el mundo. Lo más difícil es verlo publicado.
ResponderEliminarY no pecas nunca de exceso de confianza conmigo, al contrario es un lujo tenerte como amigo.Un abrazo
Hola,Comun: no creas que no me guistaría poder ir a tu país.Desde pequeño,soñaba con conocer Argentina, tal vez porque escuchaba a mis padres que era un país acogedor y daba cobijo a muchos españoles que se vieron obligados a exiliarse.
ResponderEliminarDos veces al año suelo ir a un bar argentino ubicado en la playa de Chiclana, y allí me como un delicioso chuletón preparado por tus compatriotas.
¿Y por qué pones en duda que yo crea que sabes cocinar?
¡Qué cosas dices! Un beso
Hablar de delicias culinarias echadas a perder es cuestión de gustos, lo que para algunos es delicia para otros puede sed espantoso, con los viajes he aprendido a disfrutar los sabores
ResponderEliminarsin pensar que es mejor el que hace mi madre; claro algunas cosas yo no tienen perdón de Dios "carne azada con mermelada" que mezcla tan espantosa.
un gusto leerte amigo, espero las próximas entregas.
un abrazo Mario
Juan, muy interesante lo que cuentas y como lo cuentas!
ResponderEliminarme quedo a seguir tus historias con mucho placer
Un abrazo
desde La perla de Janis
Pues aquí te espero, Claudia. Gracias por venir. Un beso.
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