Habíamos bajado del castillo de Gibralfaro, desde el
cual saqué varias fotos de Málaga y su Malagueta. Ahora estaba sentada a mi
lado en el Pimpi, con su cabeza apoyada en mi hombro. Observamos durante unos minutos las
fotos de las personas ilustres que cubrían las paredes del bar:
toreros, escritores, artistas de cine... (Antonio Gala leía el periódico sentado
a una mesa a la entrada).
Habíamos pedido un vino de los Montes y
algo para picar, nos daba igual lo que fuese. Yo la besaba en la frente, en las
mejillas, en la nariz... protocolo casi obligado de lo que sucedería después en
el hotel.
Acaricié su rostro y su cuello suavemente con la
mano, ¡qué piel cálida y suave piel la suya! Ella cerró los ojos un momento
y besé sus párpados. Toda ella me atraía, sobre todo su boca carnosa
y distendida en una sonrisa magistralmente dibujada con carmín.
Estaba ya muy
excitado, iba a besar y chupar aquellos labios cuando me despertaron los ladridos de Tomy,
que escuchó ruido en el rellano. Miré el despertador: las seis. "Será mi
vecino que se va a trabajar y espera el ascensor", pensé dándome la vuelta
para el otro lado y maldiciendo al perro.
¡Joder, para una vez que sueño algo bonito!
No hay comentarios:
Publicar un comentario