
Este soy yo, bueno: era yoEsas chicas tan hermosas que salían siempre en las películas como azafatas debieron confundirse de vuelo, pues las que me acompañaban tenían todas más de cuarenta años, eran poco agraciadas y mostraban un agrio carácter.Más que azafatas de vuelo parecían monjas maduras de hospital. Estaba amaneciendo cuando llegamos a Joannesburgo. Pasamos en fila ante los guardias, que nos dieron unos impresos para rellenar, nos revisaron nuestras maletas y requisaron todas las revistas Interviú porque mostraban desnudos. Dos horas más tarde, rodaba en taxi dirección a Secunda

Amanecer en Johannesburg
Al llegar a Sasol, rellené una ficha y me entregaron la llave del barracón en que estaba ubicada mi habitación.Al siguiente día había reunión para todos los españoles que habíamos llegado en los primeros días del año 1981 en un gran salón donde un español nos traducía simultáneamente el mensaje de bienvenida del director de FLÚOR,el holding americano que dirigía los trabajos, y el discurso del responsable de la Seguridad en la Refinería:Prohibido hablar con negros y mestizos, salvo para ordenar alguna cosa; nada de confraternizar ni de saludos o expresiones amistosas.Obligación de llevar el documento de identidad con la foto muy visible colgado en el pecho.Obligación de firmar un documento exonerando de responsabilidad a la empresa cada vez que se abandonara la protección del campamento para ir a visitar pueblos y ciudades.Bajo penas de expulsión del país, estaba prohibido expresar opiniones políticas contrarias al Aparteid. Totalmente prohibidas las huelgas. Debíamos mentalizarnos de que veníamos a trabajar, no a cambiar el mundo.
Me tocó por vecino en el mismo barracón un gallego de Orense. Ocupaba una habitacón situada frente a la mía. Al parecer no había salido nunca de su ciudad, siempre había estado junto a su familia, y sentía nostalgia tras llevar dos meses en Sasol, porque aquella misma noche, totalmente borracho, la pasó llorando y aporreando las puertas de todas las habitaciones diciendo que quería regresar a España.
La primera sorpresa que me llevé fue comprobar que allí no oscurecía nunca: una antorcha de más de doscientos metros de altura, ubicada a un kilómetro dentro de los terrenos de la factoría, lanzaba una llama enorme e iluminaba un radio de tres kms como si fuese de día, por lo que tuve que vivir siempre con las persianas echadas y las ventana cerradas para amortiguar el intenso olor a gasolina y gases quemados que inundaba el campamento. La luz de la antorcha podía verse de noche a sesenta kms de distancia.Los ingleses tenían la maldita costumbre de poner a las cinco de la mañana el desayuno, porque a las seis salían los camiones y furgonetas para llevar al personal hasta la obra, ubicada a cinco kms del campamento. Pero antes de entrar en la refinería todos, desde el ingeniero hasta el peón, debían pasar un control militar.
La segunda sorpresa fue el horario de comidas: a las cinco de la mañana en vez de un desayuno servían la comida fuerte, lo que en España se come al medio día; a las diez se paraba el trabajo: la hora del té, una tradición inglesa sagrada. Lo tomaban con un dulce y una fruta (los españoles bebíamos cerveza con el bocadillo); a las doce una fruta y un dulce; a las tres de la tarde de nuevo el té, y a las seis, ya de regreso en el campamento, comenzaban a servir la cena.
Saliamos del comedor aún medio dormidos y en la puerta nos entregaban una bolsa que contenía una pieza de fruta, un dulce y una pequeña lata de conservas. Los ingleses se habían provisto de un termo y se llevaban su té para la jornada.
Miguel Echevarría, un guipuzcoano perspicaz —que fue de los primeros en llegar cuando comenzaron los trabajos y luego lo expulsaron por trabajar ebrio y provocar un accidente mortal y se había quedado a vivir en un carromato con una mujer sudafricana bellísima, abandonando a su familia en España—, tuvo la feliz idea de dedicarse a vender bocadillos de tortillas de patatas a dos Rands a la puerta del campamento.(Un Rand,en el año 1981, equivalía a 1´10 dólares)En un rato, el tiempo de salir del comedor y dirigirse a los transportes, Miguel ganaba lo que nosotros en todo el día, pues a casi ningún español (éramos casi 300) agradaba la comida inglesa aunque fuese gratis (le echaban mermelada a la carne a la brasa, y la guarnición de guisantes tenía suficiente picante como para abastecer a todo un continente), y preferíamos comprarle bocadillos de tortilla de patatas, de atún o chorizo. El chaval lucía una nariz aplastada y presumía de haber sido boxeador y sparring de Urtain






